Yes, hace un mes que llegué a Seattle. Si tuviera que pensar en una imagen para definir estos 30 días sería una montaña rusa. Imaginar esa sensación de ir poco a poco subiendo, lentamente, mientras vas sintiendo el vértigo, las ganas de bajarte trepando por el cochecillo con la barra enclenque que te sujeta (para los que seáis de Madrid visualizar la antigua montaña rusa de los 7picos del parque de atracciones) sin dejar de pensar en todas las razones por las que no deberías haberte subido en la atracción. La sensación de “se me encoje el estómago” en el segundo en el que estás en la cima y la sensación de satisfacción, emoción e hiperactividad que se te queda una vez que has hecho la primera bajada o has terminado la atracción.
Ese ha sido mi constante durante este mes…. Cada día!!! Aunque con pequeñas variaciones de ritmo. Las primeras dos semanas eran una sensación más diaria y leve. Inquietud por experimentar una nueva ciudad, emoción al descubrir cosas/gente nuevas e incertidumbre y agobio por temas logísticos cómo buscar casa, cómo ir a Ikea, cuando va a aparecer el manager de la casa para darnos las llaves de una…vez…
Pero dentro de lo que cabe eso era una montañita rusa para menores de 7 años. Pasado dos semanas fue como pasar de las atracciones de niño a la Lanzadera en el mismo día. En mi fin de semana de mi Master´s Orientation tenía ese vaivén de emociones en intervalos de una hora, pasando de “que guay es este sitio”, “puedo totalmente con ello” a “porqué coño me he venido a aquí”, “no pinto nada” o incluso alguna vez se me pasó por la cabeza el “quiero irme a casa” (aunque muy muy de pasada). Este estado se juntó justo con mi establecimiento por fin en mi casa y todo el embrollo de mudarse, poner todo en su sitio e ir conociendo a mi compi de piso y con mis primeras clases que era hacía de la lanzadera casi una maraca de ir y volver.
Pero después de todo eso, como en las tormentas, llega la calma. Empiezo a tener algo de rutina diaria (lo que se puede sin muebles en la casa), estar más confident conmigo misma en las clases y encontrando mi sitio con la gente y mi casa. Gracias a dios, después de estar un mes y tres semanas sin deshacer las maletas puedo decir que estoy y me siento instalada en Seattle.
Y es que la sensación de “sentirme en MI casa”, es realmente algo que no tiene precio.